Fragmento "Manifiesta no saber firmar"

"La casa del señor Candidato también tiene nombre, se llama Gobernación. Pero creo que no es de él, porque cuando pasaron tres veranos ya no vivía ahí. Después vivía otro que se llamaba igual, pero cambian de nombre cuando llegan a vivir a esa casa porque la mayoría termina llamándose “Señor Gobernador”. Hay otra casa que se llama Alcaldía y el que vive ahí se llama Alcalde, pero al principio también se llamó igual que el otro... Candidato. ¿No saben ellos que tantos nombres pueden causar confusión? Pero prefiero a Candidato porque es bueno. Él regala comida y cuando nos lleva al hospital nos atienden; caso contrario cuando se cambian el nombre por el de Gobernador, Alcalde o Senador, ya no nos conocen. Siento que no sólo cambian el nombre, sino también el alma."

lunes, 4 de febrero de 2008

Estercilia Simanca Pushaina, Teeya, una wayuu urbana


Estercilia Simanca Pushaina
Teeya, Una Wayuu Urbana



La autora nos cuenta cómo se originó el relato sobre las tradiciones de su pueblo incluido en la Lista de Honor de IBBY 2006.

Iwa, la protagonista de tu relato,recuerda durante su encierro la leyenda de la araña Waleket, “de donde dicen los viejos que los wayuu aprendimos a tejer”. Háblanos de la tradición oral de tu comunidad,¿quiénes transmiten las historias ancestrales a las nuevas generaciones?,¿en qué momento y espacio? Para responderte debo remitirme a mi niñez, fui y sigo siendo una wayuu con privilegios. De niña escuchaba los jayechis (cantos) de mi abuelo y sus increíbles historias, que de veras eran increíbles. En la ranchería El Paraíso había dos enramadas, la de mi tío Ramón y la de mi tía Rosa, en ambas hijos y nietos escuchábamos a mi abuelo.
Fue una época muy bonita, fue una infancia muy feliz, con espinas que hincaban mis pies, pero muy, muy feliz. Él ya no está pero aún vive mi bisabuela, Mamá Pitoria (Victoria). Ella dice tener 105 años y sus “historias-recuerdos” son hermosas, además a ella, como a muchos ancianos, le gusta que la escuchen. Cuando no la puedo escuchar a causa de la distancia, en cualquier enramada de La Guajira donde me encuentre siempre hablo con los viejos y los niños queestán cerca. Trato de contagiarlos de la oralidad que aún existe, esa es una de mis ocupaciones: que las nuevas generaciones escuchen, que escuchen a la manera tradicional, en una enramada en horas de la tarde, tomando agua dulce de maíz. Ante cualquier pregunta que ellos hacen, yo les digo pregúntenle al abuelo.
El abuelo habla, sin interrupciones, solo suspiros, sustos y risas. A los viejos les gusta contar, les gusta que los escuchen, pero a las nuevas generaciones casi no les gusta escuchar, casi no preguntan. Ahora ya sabes porque me siento una wayuu privilegiada, estoy llena de los “recuerdos-tesoros” que mis abuelos me regalaron, me regalan aún con sus palabras, y no te imaginas cómo quiero que cada niño wayuu se apropie de todo eso y que la Leyenda de Waleket, por ejemplo, perviva.
¿Por qué decidiste escribir en vez de transmitir tu herencia de palabras de manera oral? Decidí escribirla porque pensé en la hija que todavía no tengo. Porque observo cómo muchas de nuestras tradiciones cambian y otras desaparecen. El hecho de escribir me hace pensar que la literatura refuerza la tradición oral de los pueblos indígenas o viceversa, la tradición oral refuerza la literatura, es su fundamento. Hoy en mi resguardo y en La Guajira (a propósito del reconocimiento a mi libro en IBBY) se habla de la pequeña doncella y aún no la conocen, porque no se encuentra. Hay un ejemplar en la biblioteca del Banco de la República, la buscan, la leen, luego van donde los viejos y les preguntan si mi versión de la Leyenda de Waleket, es la correcta; algunos viejos dicen que no, otros dicen que más o menos, otros que sí. Entonces me pregunto: ¿La literatura refuerza o no la tradición oral? Si no lo hace, pone a mi comunidad a investigar, los que no se conforman con la versión que me contaron mis abuelos ponen a los viejos a contar sus versiones, las que a ellos les contaron. De alguna forma, el que yo la haya escrito convertirá la mía en la versión más acertada.
¿Cómo surgió este relato? ¿Pasaste por ese rito? ¿Se realiza hoy como antaño? Surgió cuando llegué de visita a la ranchería Cucurumana. En esos días comenzaba el encierro de una doncella, yo quise verla pero no pude porque no hago parte de su clan,ella es Uriana y yo soy Pushaina, eso por una parte, y por la otra, yo no pasé por el encierro, y las mujeres wayuu que no pasan por el encierro son consideradas, según los viejos, Irama: ciervos eternamente infantiles y rebeldes. Fue por eso que no la pude ver, me comuniqué con ella a través de una rendija de la puerta. En esos días yo también estaba organizando la Feria Wayú en Barranquilla, ella ya había ido y quería repetir la experiencia, pero no pudo. Lloró, lloró muchísimo.
Las mujeres de tu comunidad que han leído el cuento, ¿qué piensan de él? Les parece interesante que una wayuu que no haya pasado por el encierro hable de ello con mucha propiedad, con mucho dominio, que lo describa así, narrado desde la perspectivas de dos niñas, una que pasa por el encierro y no le gusta y otra que no pasa y a la que le parece fascinante todo ese ritual, le atrae lo desconocido y lo vedado, por ser mestiza y no wayuu.
¿Qué significa ser una wayuu en el siglo XXI? Para mí significa oportunidades y privilegios. Ser indígena hoy, cuando la globalización nos toca a todos, nos emparenta,es de una importancia total, ¿en qué sentido?, en el de nuestra identidad. A pesar de los cambios que ha traído este siglo nuestra identidad se reafirma; hoy al indígena le gusta ser indígena, ese es el indígena del siglo XXI.
¿Es común que las mujeres de tu comunidad salgan,estudien derecho como tú y escriban? No es que sea o no común, es que no todos tenemos acceso a la educación superior. Para mí lo realmente valioso es que si alguien de mi comunidad sale y estudia, trabaja y gana dinero, también realice una labor social con su comunidad. Existen becas para los indígenas de Colombia, y si estas becas fueran destinadas a los indígenas y no a los jóvenes que se hacen pasar por tales con ayuda de sus padres y los gobernantes de turno, nuestros indígenas tendrían acceso a la educación. Quienes lograran ese acceso serían multiplicadores de lo que aprendieran. Aquí el problema no es de oportunidades sino de justicia.
Aquí hay muchas hermanas wayuu que son abogadas y se dedican a su profesión, algunas escriben pero no han dado a conocer sus creaciones, tal vez por miedo, miedo que yo también tuve al principio, pero después me solté. Soy rebelde y nada me da pena.
¿Por qué decidiste ser una wayuu urbana?, ¿cómo lo ve tu comunidad? ¿Te acarrea alguna consecuencia? Soy una wayuu urbana, y lo sostengo, aunque a muchos de mi comunidad no les guste el término “urbana”. Quierano no, esa categorización, por decirlo así, existe, y no soy la única. La diferencia es que a mí me gusta la ciudad pero no olvido mi monte, me gusta caminar con los pies descalzos, comer con la mano, ser libre, pero la mayor parte de mi vida la he vivido en la ciudad y en una ciudad frenética como Barranquilla. Mi monte es mi monte pero me gusta la ciudad: Barranquilla, Bogotá, Cali, en fin, me gusta lo urbano.
Con este relato recibiste primero una distinción en el premio de literatura Comfamiliar del Atlántico 2003 y después uno de los más importantes reconocimientos que se dan en el mundo a los libros para niños y jóvenes: integras la lista de honor de IBBY 2006. ¿Qué significa esto para ti?, ¿y para tu gente? Significa que estoy haciendo las cosas bien, que a pesar de nadar contra la corriente y encontrar muchos obstáculos, Maleiwua (Dios) concede la victoria a la constancia. Mi constancia obtuvo un reconocimiento, y no lo obtuve en mi departamento ni en mi comunidad sino en una lista a donde solo entra lo mejor del mundo, eso significa también lo importante que son los pueblos indígenas de América. Significa compromiso y, ahora, reconocimiento a nivel nacional y local, estoy feliz, muy feliz. Mi comunidad también está feliz, lo veo cuando me felicitan, cuando se me acercan para pedirme el libro o preguntarme si en verdad soy Pushaina como ellos (Pushaina es uno de los clanes más numerosos de La Guajira). No solo he sido reconocida yo, sino toda, absolutamente toda mi comunidad.


Estercilia Simanca Pushaina, Teeya en lengua wayuu, nació en 1975, en la ranchería El Paraíso, resguardo indígena de Caicemapa (Baja Guajira).Escribe cuentos y poesía, es abogada y trabaja a favor de su comunidad en distintas instancias. Con El encierro de una pequeña doncella fue finalista en el XI Premio de Literatura Comfamiliar del Atlántico (2003) y participó en la Lista de Honor de IBBY 2006.
El encierro de una pequeña doncella Iwa cuenta las lunas que la separan de su niñez mientras cumple el rito que la convertirá en una princesa wayuu. Nos relata sus sensaciones, sueños y aprendizajes durante esa larga noche de tres años en la que aprende las tradiciones de su pueblo. También los recuerdos de su infancia, en un internado católico, y la nostalgia por un muchacho. Su voz se teje con la de otra mujer wayuu, cuyos recuerdos del encierro de Iwa completan el relato de la pequeña, que evoca un mundo distinto: el de las mujeres de un pueblo indígena de La Guajira colombiana, que halla en sus tradiciones la fuerza para vivir el mundo de hoy.
Los wayuu somos una tribu indígena, perteneciente a la familia etnolingüística arawak, habitamos en el departamento de La Guajira colombiana y venezolana, nuestro idioma es el wayuunaiki y aún conservamos muchos de nuestros usos y costumbres ancestrales. Los hombres se dedican al pastoreo y cría de caprinos (chivos) y de reses; los wayuu que viven cerca del mar se dedican a la pesca (apalanchis) y las mujeres, en su gran mayoría, se dedican a la elaboración de hermosas y vistosas artesanías, que aprenden a hacer durante un ritual llamado “el encierro”.
El encierro es uno de los ritos de mayor importancia dentro de nuestra cultura, ya que es ahí donde la niña wayuu inicia una nueva etapa en su vida. El encierro es un periodo de preparación en su transición de niña a mujer, en la antigüedad duraba años, eso dependía de estrato social de la niña, hoy puede durar semanas, días o nada.
La cercanía de otra cultura representa primero, intercambio y mezcla de formas de ver el mundo. Representa, por un lado, oportunidades, como el acceso a la educación que muchos niños y niñas wayuu tuvieron con la llegada de los capuchinos a la península de La Guajira, en los primeros internados indígenas que hubo y aun se conservan; pero también “fractura”: la misma llegada de la educación significó la prohibición de algunos de nuestros usos y costumbres. Se nos prohibió, por ejemplo, hablar wayuunaiki y que la mujer wayuu “tuviera precio”; los misioneros nos decían que a una no la pueden cambiar por chivos, collares, vacas, desconociendo el verdadero significado de la “dote” entre nosotros, que no se reduce a que la mujer tenga un valor económico sino que es algo valioso que se da a la familia de la mujer para que lo cuide y multiplique, de modo que cubra sus necesidades y las de sus hijos en caso de que ella enviude o la repudie su marido. Los capuchinos impusieron que los nuevos matrimonios entre wayuu fueran por el rito católico, cuando en mi comunidad no sabíamos cuál era su significado.
El mestizaje implica hoy, paradójicamente, sentirse más wayuu, más auténticos. Observo con gusto como hijos de “alijunas” con wayuu se sienten más wayuu que mestizos, más wayuu que los hijos de wayuu con wayuu. No sé de qué forma nos ha tocado la vergüenza étnica que vivieron nuestros padres y abuelos, a causa de la discriminación que les infringieron, para que las nuevas generaciones nos sintamos orgullosos y dignos de ser wayuu. La discriminación aún existe, lo que no existe es que uno se sienta discriminado. Es natural que el mestizaje implique la pérdida de algunos elementos de nuestra cultura, pero hay otros que perviven, como la importancia que le damos a los sueños, nuestro idioma, el wayuunaiki (claro que con una u otra palabra en castellano), nuestras mantas, que siempre serán largas, con una que otra innovación; las que ahora muestran las diseñadoras colombianas, en las grandes pasarelas de Europa, no están tan lejos de las innovaciones que han hecho mujeres mestizas en los almacenes de mantas de Maicao.


Por: Maria Cristina Rincon y Janeth Chaparro

Revista: Hojas Nuevas de Lectura

Fundalectura

La denuncia es arte: 'Póngale la firma'


Enero 29 de 2008


La denuncia es arte: 'Póngale la firma'

La obra denuncia las maniobras politiqueras en La Guajira, donde, según los wayús, algunos políticos llegan con promesas y les piden inscribirse en el censo electoral, aunque no sean mayores de edad.

La joven artista Alis Bonilla (der.) clasificó al Salón Regional de Artistas con su colección de cédulas. Las tiene expuestas en Riohacha.
Alis Bonilla envió al Salón de Artistas la muestra de cédulas falseadas que les expiden a los wayús.
Como obra de arte es bastante insólita. Como denuncia lo es aún más: se trata de decenas de fotocopias de cédulas de personas de la comunidad wayú que están pegadas en la Casa de la Cultura de Riohacha.No tendría mucho de raro si no fuera porque, según estos documentos, todos los cedulados nacieron un 31 de diciembre. Pero eso no es todo. "Muchas cédulas tienen nombres como Goodyear, Chichone o Payaso. Y todas dicen 'manifiesta no saber firmar', aunque ellos sí saben. Es un atropello", cuenta Alis Bonilla, artista de 21 años, que presenta este trabajo bajo el nombre Póngale la firma, en el Salón Regional de Artistas del Caribe, que organiza el Ministerio de Cultura. Eduardo Hernández, de la curaduría Mal de Ojo, que avala la obra, defendió el sentido de este trabajo."Que pongan a alguien Palo Verde o Goodyear es una vergüenza y una agresión contra la identidad, y más que los lleven a ser mayores de edad para usufructuar su potencial electoral. La obra está en el Salón porque creo que el arte contemporáneo se mete con la comunidad. No se trata de que un grupo lo entienda sino que el arte es para todos". Semejante historia macondiana empezó a darse a conocer porque Estercilia Simanca, una abogada wayú, de 32 años, escribió el relato en su blog (http://www.manifiestanosaberfirmar.blogspot.com/).Allí narra cómo los políticos de la zona, por décadas, han llegado en época de elecciones en sus camionetas "con aire acondicionado", con la promesa de un puente o una escuela, para llevarse a cedular a los wayú. Cuando leyó el texto de Estercilia, Alis, la artista, comenzó su aproximación al problema: "Me fui para la comunidad y me dijeron que muchos políticos los llevaban a la Registraduría sin importar su edad. Allá ni preguntaban la fecha de nacimiento, porque tenían que tener 18 años, y les ponían 31 de diciembre como día de nacimiento".'Sí saben firmar'Como no pronunciaban bien el español, les cambiaban los nombres. "Me contaron también que solo les miraban el aspecto sin preguntar si sabían escribir o no y el funcionario escribía: 'manifiesta no saber firmar', en la parte donde va la firma". En la Registraduría de Uribia (Guajira) le dijeron que ellos manifestaban no saber firmar y le argumentaron que ponen el 31 de diciembre como fecha de nacimiento porque un decreto dice que cuando una persona desconoce la fecha de nacimiento, se escribe 31 de diciembre. "Nunca me dijeron cuál decreto era ese", sostiene la artista. Así, la joven propuso a los wayú emprender una acción artística con la que participa en la curaduría Mal de Ojo, del Salón Regional de Arte. "Nos reunimos en la Registraduría de Uribia, y Estercilia leyó: 'Manifiesto no saber firmar'. Cerca de 30 personas habían sacado fotocopias ampliadas de la cédula y salimos a pegarlas en la fachada de la registraduría", recuerda y agrega que muchos le dijeron que sí saben escribir y firmar. El registro de esa acción artística es lo que se ve en la casa de la Cultura de Riohacha. "Ellos me decían -cuenta Alis- que no les entregaban la cédula enseguida sino en elecciones. Entonces, los políticos del momento los llevaban para dárselas y, luego de votar, a algunos les retenían la cédula. Para mí es una crítica que denuncia, porque ellos están siendo atropellados". La abogada Estercilia Simanca, recuerda que en la década de los 80 esta costumbre era algo que se veía a menudo y que, si bien ya no es tan común, en las recientes elecciones de octubre volvió a suceder y por eso ella lo cuenta en su texto. "Me contaron también que (a los indígenas) solo les miraban el aspecto sin preguntar si sabían escribir o no y el funcionario escribía: 'manifiesta no saber firmar', en el espacio donde debería aparecer la firma".Alis Bonilla, artista autora de 'Póngale la firma'.
Registraduría se defiende
Sorina Amaya, funcionaria de la Registraduría en Uribia, admite que muchos políticos acostumbran llevar a los wayú a votar, pero cuenta que actualmente ese despacho hace brigadas de cedulación y registro civil. Antes, cuando el registro civil lo manejaban las notarías, poner como fecha de nacimiento el 31 de diciembre era algo común, dice, de acuerdo con una ley según la cual "se pone el último día del año, cuando una persona no sabe el día en que nació", cosa muy frecuente. "Llegan con varios niños y dicen: este tiene diez y este siete", dice. En cuanto a los nombres, asegura que los wayú los escogen: "Dicen que lo pongan Rafico o Joseíto, por ejemplo. Uno les dice que lo pongan Rafael o José". Respecto a que no saben firmar dice: "En épocas anteriores no sabían firmar. Hoy sí, pero, a veces, se ponen nerviosos".


DIEGO GUERRERO ENVIADO ESPECIAL RIOHACHA ESTA NOTA FUE REALIZADA GRACIAS A UNA INVITACIÓN DEL MINISTERIO DE CULTURA