Fragmento "Manifiesta no saber firmar"

"La casa del señor Candidato también tiene nombre, se llama Gobernación. Pero creo que no es de él, porque cuando pasaron tres veranos ya no vivía ahí. Después vivía otro que se llamaba igual, pero cambian de nombre cuando llegan a vivir a esa casa porque la mayoría termina llamándose “Señor Gobernador”. Hay otra casa que se llama Alcaldía y el que vive ahí se llama Alcalde, pero al principio también se llamó igual que el otro... Candidato. ¿No saben ellos que tantos nombres pueden causar confusión? Pero prefiero a Candidato porque es bueno. Él regala comida y cuando nos lleva al hospital nos atienden; caso contrario cuando se cambian el nombre por el de Gobernador, Alcalde o Senador, ya no nos conocen. Siento que no sólo cambian el nombre, sino también el alma."

lunes, 7 de marzo de 2011

Estercilia vista por Daniel Mordzinki


http://www.flickr.com/photos/haywebsite/5470428711/sizes/l/in/photostream/
Con los niños y niñas del Centro Etnoeducativo Kamüsüchiwo.

DAÑO EMERGENTE, LUCRO CESANTE.



¿Por qué todos me culpan de lo que pasó? Yo solo quería llevar el carbón al mercado de las pulgas, para poderlo vender. Nunca quise hacerle daño, él ya estaba acostumbrado a llevar el carbón, nunca lo sentí molestarse, siempre estaba dispuesto, era muy voluntarioso. Uno aprende a conocerlos bien, uno ya sabe cuando ellos no quieren cargar algo, espabilan y espabilan sus grandes ojos y agachan la cabeza. Pero él no era flojo, se sonreía cada vez que me veía salir del rancho dispuesta a buscar leña para hacer carbón y me acompañaba para cargarla y llevarla. Yo siempre lo ayudaba. Recuerdo que el pobre siempre se asustaba cuando escuchaba venir el tren, cuando escuchaba el silbato se detenía y movía su cabeza en señal de desaprobación. Muchas veces yo le decía que el tren también iba cargado de carbón, pero ese carbón no era de leña, ese carbón lo sacaban de las entrañas de Mma –la tierra-, que era como abrirle las entrañas a mamá y sacarle de a pedazos las entrañas. La gente dice que yo tuve la culpa, porque él llevaba mucho carbón, que estaba pesado, que era mucho para su edad. ¿Cual edad? si él ya tenía siete años, lo que pasa es que se veía tierno por los cuidados que yo le daba. Además el sabía y yo sé que llevaba la misma cantidad de carbón de todos los lunes por la mañanita.

El y yo nunca nos acostumbramos al tren y creo que la gente del otro lado, en el pueblo, tampoco. Ni los chivos, ni los niños ni nadie en este lugar. Desde que tengo memoria el ya estaba aquí, atravesando la Península desde Uchumüin –Sur- hasta Wüinpumüin –Norte- Dicen que llega hasta el mar y que viene un barco grande y se lleva el carbón que el tren traía, y luego el tren se devuelve a buscar más carbón arañando las entrañas de Mma –la tierra-, la que guarda la sangre de nuestros partos y el ombligo de los recién nacidos. Mi tata dice que por donde pasa el tren, estaban los cementerios de muchas familias, pero al tren no le importó, porque el tenía que pasar por ahí, porque los huesos simplemente se podían llevar de un lugar a otro y hacer un cementerio nuevo, más bonito y más blanco que el de antes, pero el tren no podía hacer otro camino, ¡NO!, el tenia que pasar por ahí, y así se hizo, aja… y así se hizo, el tren sigue pasando todos los días y los lunes por las mañanitas.

Cuando tuve que regresar al pueblo, eso fue como a los dos días, vi su sangre, ya estaba seca, Kaí -el sol- se encargó de tostarla y convertir el charco de sangre en una cáscara reseca de un color que no tiene nombre, tal vez oscura, muy oscura, casi negra, no, tal vez morada oscura, no sé qué nombre puede tener ese color, el color de la sangre seca. Aún había carbón esparcido por el suelo. En aquel momento no me importaron los sacos de carbón que se abrieron como si estuvieran pegados con saliva y no cosidos con pita, solo me importó cruzar rápidamente cuando vi venir el tren, creí que tenía tiempo, en realidad yo tenía tiempo, habríamos tenido tiempo los dos de pensar en quedarnos del otro lado de la vía del tren si hubiese pitado el silbato como siempre lo hacía, como aun lo hace todos los días y los lunes por las mañanitas, pero hace dos días no lo hizo.

Era la primera vez que lo teníamos tan cerca, nosotros siempre guardábamos la distancia, siempre estábamos lejos de él cuando pasaba y aún así sentía su fuerza debajo de mis pies, movía mi manta, despeinaba mis cabellos y él movía su cabeza en señal de desaprobación.

Rukarria Epinayú, cobró en varias oportunidades a Mushaisa, el burro que el tren había atropellado, pero los de el tren argumentaron que por donde ocurrió el accidente había, hay, un letrero grande, grandote, en el que decía, dice en wayuunaiki, el idioma de los wayuu- : “NNOJO PAAPÜIN PIKII SÜNAIN OUKTA SULU`U SÜPUNA TÜRENKAT”. Que significa: “NO ENTREGUES TU CABEZA A LA MUERTE, POR EL TREN”. Pero Rukarria Epinayú “Manifiesta no saber firmar”.
GLOSARIO

Mushaisa: Significa Carbón.
Rukarria: Nombre propio wayuu
Epinayu: Clan Wayuu, cuyo animal totémico es el venado, aunque hay quienes sostienen que es el burro, pero el burro llego con los españoles.

¿DE DÓNDE SON LAS PRINCESAS?



" A una princesita anónima. Porque lo único que pude hacer por ti fue esta pequeña historia, para que tu inocencia se quedara impresa en hojas de papel y de esta manera defenderte de ese dragon, aunque sea una dura fantasia"

De donde soy, las princesas no vivimos en un hermoso castillo, no tenemos una corte de honor, ni somos hijas de reyes. Tampoco vivimos al acecho de enormes dragones que lanzan fuego de sus enormes bocas. De donde soy, no hay brujas ofreciendo manzanas encantadas, ni nos regalan rosas en cuyos tallos haya espinas envenenadas que nos hagan dormir por siglos. Tampoco hay príncipes que nos despierten de ese largo sueño con un beso del verdadero amor.
El olor del café por las mañanas hecho en fogón de carbón de leña y el olor de la tierra mojada me recuerdan el olor de donde soy, de donde vengo. El olor de mi casa de barro, de piso de tierra, ¡Sí!, así es mi castillo, de barro, de tierra, rodeado de un valle de arena y de frente al mar.
Las princesas de aquí no heredamos tronos, ni andamos en carrozas. No tenemos una escolta real. Nuestras lágrimas nunca se convierten en perlas. Nuestros besos no convierten en un hermoso príncipe a un horroroso sapo. Nuestras manos no convierten en oro la hierva seca, pero si saben tejer como las arañas. No tenemos un espejo mágico que nos diga... ¡Tú eres la más hermosa del universo! ¿Para qué ser bella, si aquí en este valle de arena eso no cuenta. No hay brujas con bolas de cristal prediciendo nuestro futuro, pero si tenemos sueños que nos anuncian sucesos.
Cuando niñas, arrancamos los pichiguelos de las tunas e iguarayas de los cardones del desierto. Nos bañamos en los jagüeyes, corremos por los valles de arena dorada y nuestras huellas son borradas por los vientos del nordeste para convertirlas en dunas del desierto. Solo las huellas de las princesas se convierten en dunas. Pero cuando Kashí –la luna- nos penetra y nos hace sangrar, nos encierran. Por las noches escuchamos nuestras risas de niña llevadas por el viento para no regresar jamás. Lloramos y nos rebeldizamos en el encierro, debido a un espíritu malo nos portamos así… Ese espíritu tiene que salir, no le den comidan y saldrá. _Dicen los abuelos. Por eso solo nos dan chicha cerrera y brebajes amargos hasta hacernos vomitar y sólo cuando eso ocurre empezamos a soñar con waleket –la araña- que nos enseña a tejer. Cuando pasa cierto tiempo se nos olvida jugar, se nos olvida reír, solo tejemos y tejemos en nuestros días de encierro, contamos las lunas hasta perder la cuenta, solo esperando el día de salir.
Hace poco más de un verano, que mi hermana mayor, Sumaiwa, salió del encierro y no la he vuelto a ver. Al tercer día de finalizado su encierro un cacique de unos 60 años la vio y se enamoró de ella. Nunca lo había visto, no sabía cómo se llamaba, ni de donde era, ni para dónde se la llevaría. Mi hermana lloraba y nosotras las princesas con ella. ¿A dónde se llevaría ese horrible viejo, ese dragón, a la más bella de todas las princesas?
Pasaron algunas lunas cuando el dragón regresó con cuatro vacas dos mulas, quince chivos y algunos collares de oro y tuuma para mamá. Esa era la dote de Sumaiwa. Con desespero pregunté si la estaban cambiando. ¡No! Gritaron todos. ¡Es el matrimonio de Sumaiwa! Los animales se multiplicaran y serán el respaldo de tú hermana si ella enviuda o si es abandonada por su esposo. Los collares son por la sangre que ella derramará en los partos.
_ pero ella no lo quiere, no lo conoce.
_ Yo no conocía a tu padre, como tampoco tu abuela y tus tías a sus maridos. Así son las cosas aquí._Contestó mamá.
Sumaiwa, se fue llorando montada en Mawui, la mula que papá le regaló. Cuanto deseo que un beso de Sumaiwa haya convertido en príncipe a ese viejo sapo, como sucede en los cuentos de princesas que aprendí a leer aquí.
Antes de terminarse mi encierro, mientras todos dormían, escapé de mi castillo, con todas las cosas que la doncella Waleket –la araña- me enseñó a tejer en mis sueños. Seguí las risas de niñas que el viento del nordeste se lleva para no regresar jamás. Seguí la risa de la bella Sumaiwa y la risa de la pequeña Weinshi que aun juega en los valles de arena. Seguí mi risa y no volví. Mis huellas se convirtieron en dunas del desierto nadie sabe –creo- para donde fui.
Hoy veo a las princesas caminar por aquí, por este valle de cemento, pero mañana ya no las veré. Pregunté por la niña bonita que vendía artesanías en la puerta de un hotel de Riohacha, pero nadie la ha visto. Alguien me dijo que la habían entregado a un viejo cacique por dos millones de pesos una mula y un collar.

…Hoy deseo que un beso de esa bella princesita conviertan en un hermoso príncipe a ese viejo sapo, y…si ello no es así que a ese horrible sapo lo ¡APLASTE UN DRAGÓN!

viernes, 4 de febrero de 2011

Libro / Palabras vivas


Oraliteratura de indígenas de Colombia, antología de Manuel Rocha.
Por Carlos Barreiro Ortiz


El autor de este libro exhibe una experiencia académica poco usual: profesional de Estudios literarios en la Universidad Javeriana en donde abrió el curso Literaturas indígenas en al año 2002, maestría en Antropología e Historia de los Andes obtenida en el Centro Bartolomé de las Casas de Cuzco en Perú, becas del Instituto Caro y Cuervo y del Ministerio de Cultura para investigaciones en literatura. Además de los cuatro libros publicados, Manuel Rocha Vivas prepara una antología multilingüe de literatura actual indígena en Colombia y continúa con su actividad de diálogo intercultural. Rocha obtuvo en el año 2009 el premio Ciudad de Bogotá por el libro Palabras mayores, palabras vivas (Tradiciones mítico-literarias y escritores indígenas en Colombia), que presentó este año la Fundación Gilberto Alzate Avendaño en la Feria del libro de Bogotá, ante un público poco informado acerca del auge que mantiene las ediciones de autores indígenas en el país.

Este movimiento que tiene sus mejores referencias en México y en los países del cono sur, se hace visible en Colombia a través de autorizadas voces de indígenas que en la década final del siglo XX han inscrito su nombre en festivales, seminarios, encuentros y concursos literarios. Fue necesario que transcurrieran más cinco centurias para que los escritores indígenas ampliaran su comunicación hacia públicos externos a su entorno geográfico y cultural a través de lo que hoy se llama oraliteratura. La escritura fonética europea - escribe Rocha- irrumpió en el continente como un acto de dar fe en el proceso de validar los hechos. En consecuencia, se esgrimió como arma para suplantar la veracidad de la expresión oral como actitud que ilustra la raíz arbitraria de las sociedades modernas.

A la desconfianza por aquello que se dice se opuso entonces la "hiperdependencia de la escritura". Las voces particulares fueron silenciadas y la escritura fue utilizada como arma de dominio cultural. Aunque el predominio de la escritura ha sido sobre todo violento, los indígenas de generaciones actuales decidieron sumarse a ella para escribirle a su gente y a su mundo y, al mismo tiempo - anota el autor- para promover el significado de la oralidad literaria en el plano del diálogo entre culturas. Freddy Chikangana, yakuta del Cauca, confiesa que comenzó a escribir como respuesta al silencio y al marginamiento. Su primera etapa poética está marcada por aquello que él llama escribir "en verso ajeno" ("...que algo digan las palomas/ desde sus ensangrentados nidos;/ yo/ hijo de tierras ancestrales;/ no tengo nada qué decir...")

Los poemas de Hugo Jamioy Jugibioy recurren con frecuencia a la inusitada imagen de de escribir con los pies "para tus pasos nunca sean ciegos". Su palabra hace resonar la voz de sus mayores, los chumbes de colores que envuelven la cintura de las mujeres camentsá como fajas o serpientes: Durante años/ he caminado buscándome;/ cómo voy a encontrarme/ si los lugares/ donde escarbé/ están fuera de mi tierra?...

El vocablo oraliteratura parece afirmarse en la región andina desde Chile hasta Colombia en donde las familias se reúnen para cocinar y contar historias en torno al fogón. Esos relatos son los que pueblan los textos de los escritores de la casta wayúu en donde las rancherías están siendo rotuladas con nombres bíblicos de cosecha protestante.

Los cuentos cerreros de Esthercilia Simanca Pushaina se expresan en elaborados monólogos interiores, para hablarnos de princesas wayúu sin castillos, de ritos y encierros de pubertad, de arañas que se vuelven doncellas en una dimensión crítica de los sueños ancestrales de su raza. En sus cuentos, la sutileza de los choques con alijunas es evidente. En Daño emergente, lucro cesante, el dueño del burro atropellado por el tren de El Cerrejón reclama sus derechos. El tono es irónico en medio de la atmósfera de muerte. Simanca amplía la visión de Antonio Joaquín López que expresa la identidad múltiple wayúu en la novela Los dolores de una raza (1956). Herencia que se conjuga en el libro Encuentros en los senderos de Abya Yala de Miguel Angel López premiado en el 2000 en el Concurso Casa de las Américas de Cuba, que refiere con empeño poético sus encuentros con poetas indígenas del Continente. En su libro anterior, Contrabandeo sueños con alijunas, 1992), López revela los elementos misteriosos de su tierra: Máa, la tierra, sueña/ con la humedad de tus pasos... En la tercera sección del libro Rocha obliga al lector a mirar en retrospectiva. Allí menciona las críticas de Jorge Isaacs a la actitud de la Iglesia consignadas en su Estudio sobre las tribus indígenas del Estado del Magdalena publicado en 1884, la novela Un asilo en la Goajira, 1879, de Priscila Herrera cuñada de Rafael Núñez, nos recuerda la novela Cuatro años a bordo de mí mismo de Eduardo Zalamea editada en 1934 (que bien podría haber sido ilustrada con las luminosas telas de Lucy Tejada pintadas desde finales de 1949) o el compilado de etnoliteratura de Alberto Juajibioy (Relatos ancestrales del folclor camentsá, 1989).

Las actuales oraliteraturas indígenas americanas no se escriben para ampliar la imagen etnográfica del mundo afirma Rocha. Todas ellas provienen de palabras mayores que tienen sus raíces en orígenes colectivos particulares de donde surgen las potencialidades de comunicación intercultural política e ideológica. Así, la acción de renombrarse y reconectarse es, en forma literal, un proceso de descolonización. A todos estos nuevos perfiles literarios se unen cada vez más otros nombres sonoros: Vicenta María Siosi, Ramón Páez Ipuana, Berichá, Miguel Ángel Jusayú, Alberto Juajibioy Chindoy, Benjamín Jacanamijoy. Hugo Jamioy en su libro Danzantes del viento, 2005, revela la fuerza de las palabras mayores como eje de creación, pues "luego, bonito debes hablar,/ ahora ya mismo,/ bonito debes empezar a hacer". Desde sus raíces todos ellos nos hablan y escriben con palabras vivas.